En el gris callejón donde la ley se apaga,
la sombra viste placa y bota de hule y fango;
un plomo frío arranca la vida del mangó,
y el bulto cae al suelo mientras la sangre traga.
No hubo balanza justa, ni toga que ampara la llaga,
sino el trato nocturno del rápido fandango;
el número veintinueve florece en el manglar agrio,
donde la flor del crimen por balas se propaga.
La patria calla y tiembla ante el plomo justiciero,
que juzga en un segundo sin ver el rostro ajeno,
mientras la muerte ronda vestida de patrullero.
Se ejecuta la sombra con pulso sereno,
y el código sagrado se vuelve un cenicero
donde el Estado mismo se traga su veneno.

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